La infraestructura eléctrica dejó de ser una decisión enfocada únicamente en responder a una interrupción del suministro. Cada vez más organizaciones buscan saber cuánto costará mantener disponible su operación durante los próximos diez o quince años, cuándo deberán intervenir sus equipos y qué tan sencillo será ampliar su capacidad sin reemplazar la infraestructura existente.
La tendencia responde a una realidad que trasciende a una industria en particular. En su World Energy Outlook 2025, la Agencia Internacional de Energía (IEA) advierte que la economía mundial dependerá cada vez más de sistemas eléctricos confiables y resilientes. El informe documenta que, solo en 2023, los fenómenos climáticos extremos provocaron interrupciones del suministro que afectaron a más de 210 millones de hogares en el mundo y señala que cerca del 85% de esos eventos estuvieron relacionados con daños en las redes de transmisión y distribución. El organismo concluye que fortalecer la infraestructura eléctrica requerirá sistemas más flexibles, capaces de mantener la estabilidad del suministro y responder con mayor rapidez ante eventos críticos.
Para las empresas, esa realidad modifica la forma de evaluar una inversión. El precio de compra ya no explica por sí solo el costo de una infraestructura eléctrica. La frecuencia de mantenimiento, la vida útil de los componentes, la posibilidad de ampliar la capacidad instalada, la disponibilidad de refacciones y el impacto operativo de una intervención programada forman parte del costo total de operar un sistema durante toda su vida útil.
“La conversación con nuestros clientes cambió. Antes la principal pregunta era cuánto tiempo podía respaldar un UPS. Ahora quieren saber cuánto les costará mantener esa infraestructura durante la próxima década, qué tan fácil será ampliarla conforme crezca la operación y cómo pueden planear esos costos con mayor certeza. Esa necesidad está cambiando la forma en que se toman las decisiones de inversión”, afirmó Alejandro Lavín, Product Manager CPS de Eaton.
