En 1999, en una entrevista con la revista Fortune, el inversor Warren Buffett estableció un símil entre una empresa y un castillo medieval. Según el inversor, las empresas más valiosas para invertir son las que tienen a su alrededor un foso más ancho y profundo. Esto convierte la empresa en una fortaleza menos accesible para la competencia. Nacía así el concepto de foso económico (economic moat), expresión que describe la ventaja competitiva sostenible en el tiempo que tiene una empresa y que le permite proteger los beneficios y la cuota de mercado frente a la competencia. Las ventajas para calibrar un foso económico proceden de cuatro factores: activos intangibles como los que tienen marcas reconocidas (Apple o Coca Cola), gastos de sustitución o de cambio que retienen a la clientela (Microsoft o Adobe), efectos de red (WhatsApp o Visa) y ventaja de gastos (Amazon).
Esta idea más divulgativa de lo que es un foso económico bebe de visiones académicas sobre la ventaja competitiva que varios autores han estudiado, explica Joan Torrent, catedrático de Economía de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC, coinvestigador principal del grupo i2TIC-IA Lab y director del Centro de Investigación en Transformación Digital y Gobernanza de la UOC. Estas visiones comparten un supuesto sobre los fosos económicos: “Que los procesos cognitivos clave para la empresa, como pueden ser percibir, interpretar, juzgar o decidir, son esencialmente humanos y, por lo tanto, están acotados por la racionalidad limitada de las personas”.
La IA trastorna este pensamiento, advierte Torrent: “Esta aproximación humana ha quedado totalmente superada porque las IA predictivas, generativas y agentivas rompen esta premisa al inyectar capacidades cognitivas no humanas en el corazón de la toma de decisiones”. Ante esta realidad, el experto considera que, más que preguntarse si la IA crea o destruye fosos, hay que plantearse “cómo evolucionan los fosos cuando la misma tecnología se comoditiza”.
La IA obliga a repensar los indicadores clásicos sobre fosos económicos
El nuevo escenario ha hecho que incluso aparezca un moat index (como el Morningstar Wide Moat Focus Index) para medir la resiliencia de las empresas. La IA obliga ya a repensar los indicadores clásicos, como el ARR (Annual Recurring Revenue), el crecimiento o el margen bruto. “Los indicadores clásicos son necesarios, pero insuficientes, porque el ingreso en este contexto puede ser frágil”, avisa Torrent. Los inversores, continúa el profesor de la UOC, “ya suelen preguntar explícitamente si la empresa dispone de tecnología o IA propietaria y cuáles son los gastos de cambio”. Por ello, Torrent propone añadir un conjunto de métricas emergentes, como el test de obsolescencia (cuánto valor se pierde o se gana si mejora el modelo fundamental); el ritmo de acumulación de datos propietarios; la diferencia entre valor creado y valor capturado; el margen neto del gasto de inferencia, y, de manera decisiva desde la óptica de la ventaja cognitiva, la capacidad de absorción organizativa y la velocidad de despliegue, como métricas del ritmo de innovación social.
¿Qué modelos de negocio pone en riesgo la IA?
La IA, opinan los expertos, pone en riesgo modelos de negocio basados en el conocimiento generalizado o la simple asimetría de información, y destruye las primeras barreras de protección tradicional. “Los primeros en erosionarse son los fosos basados en la capacidad tecnológica per se […] y, sobre todo, los modelos de negocio que capturaban una prima por la pericia cognitiva rutinaria o por asimetrías de información”, opina Joan Torrent. De hecho, lo que señala tiene que ver con lo que también comenta Carles Gallel, profesor de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación de la UOC, sobre este aspecto: “En software, servicios legales, análisis o investigación, ya hay tareas que se pueden hacer mucho más rápidamente. Esto no significa necesariamente que desaparezca el experto, sino que una misma persona puede hacer mucho más en el mismo tiempo”.
La situación actual desmonta el mito que asegura que solo acumular datos o tener el modelo de IA más potente constituye un foso sostenible, si se tiene en cuenta que la tecnología base tiende a democratizarse o a convertirse en una utilidad (como la electricidad). “No creo que tener acceso al mejor modelo sea, por sí mismo, una ventaja competitiva sostenible. Cuando aparece un modelo mejor, los competidores también pueden acceder a él. La IA probablemente se convertirá en una infraestructura generalizada, pero esto no eliminará la diferenciación”, señala Carles Gallel. Sobre este aspecto, Joan Torrent opina: “La ventaja cognitiva sostenible ya no reside en el modelo ni en el hardware, sino en la capacidad de las empresas para fundamentar los modelos de negocio en datos propietarios coespecializados”.
