Diciembre activa uno de los momentos más intensos del calendario comercial: la temporada navideña. Traducir no es solo cambiar palabras. Es construir puentes. En las finanzas abiertas, ese puente lo forman dos pilares: una regulación clara y una experiencia tecnológica a la altura. Porque las leyes pueden establecer derechos, pero solo la tecnología define si esos derechos se viven de manera simple, segura y cotidiana.
México ha dado pasos firmes con la Ley Fintech, que sienta las bases para compartir datos financieros con seguridad. Pero una ley, por sí sola, no transforma la experiencia del usuario. Una norma puede garantizar el “qué”; lo que falta muchas veces es el “cómo”: cómo se autoriza, cómo se conecta, cómo se protege. Y, sobre todo, cómo se comprende.
Pedirle a una persona que comparta su información financiera debería ser tan sencillo como pagar en línea. Pero no lo es. La mayoría no sabe qué datos entrega, a quién o para qué. Esa brecha entre la regulación y la experiencia real no se llena con más controles, sino con mejores diseños.
Simplificar lo complejo ya no es un logro técnico; es una necesidad estructural. Cuando la experiencia fluye, gana el usuario, gana el negocio y gana el sistema. La seguridad no puede sentirse como un obstáculo, y la transparencia no debería ser opcional.
El XIV Informe Nuek sobre Tendencias en Medios de Pago muestra con claridad que, en América Latina, la seguridad y la confianza pesan más que cualquier otro factor en la elección de un método de pago. Las personas quieren rapidez, sí, pero quieren sobre todo certidumbre. Necesitan ver qué comparten, cuándo lo comparten, con quién y para qué. Necesitan tener la capacidad de revocar permisos, de seguir el rastro de sus operaciones y de confiar en que sus datos permanecen protegidos.
Cumplir con la regulación no es suficiente. El verdadero objetivo es que todo funcione de forma segura y sin fricción. Eso significa garantizar permisos explícitos, procesos reversibles y visibilidad en cada paso. No se trata solo de cumplir técnicamente, sino de generar confianza a través del diseño.
La experiencia internacional ofrece pistas valiosas: los países que avanzan con más solidez en este terreno no improvisan. Primero prueban, luego estandarizan, después certifican. Y en cada etapa, hablan el mismo idioma: uno que prioriza al usuario. Que lo empodera. Que reduce fricciones. Que genera confianza. Esa coordinación no es lujo: es la base para escalar la adopción y asegurar la inclusión.
México tiene una oportunidad única: la regulación ya existe. Las reglas están claras. Lo que sigue es convertir esas reglas en realidades tangibles. Eso implica colaboración: entre autoridades, bancos, desarrolladores, fintechs y proveedores. Implica también responsabilidad: en cómo se construyen las soluciones, cómo se comunican y cómo se corrigen cuando algo falla.
La meta es clara: que una conexión entre cuentas no genere ansiedad, que autorizar un pago no requiera un máster en tecnología, que revocar un permiso no sea una odisea. Y, sobre todo, que la experiencia inspire confianza sin tener que explicarla.
En otras regiones ya es una realidad: las finanzas abiertas no son una promesa, sino parte del día a día. Se conectan cuentas en segundos. Se reciben ofertas personalizadas en minutos. Se comparten datos con la certeza de que serán usados y protegidos correctamente.
¿Y en México? Estamos en camino. Pero el reto no es sólo técnico. Es de visión. Es de voluntad. Y es de experiencia.
Porque las reglas pueden ser complejas, y deben serlo para proteger, pero la experiencia jamás debería serlo. Solo cuando tecnología y regulación trabajan juntas con el usuario en el centro, las finanzas abiertas dejan de ser un concepto para convertirse en una herramienta real de inclusión, confianza y crecimiento.
-Jesús Alvarez, Head of clientes en Nuek (Indra Group)
