En las conversaciones recientes con líderes de diversas industrias, he notado un cambio de mentalidad: la fascinación inicial por las herramientas tecnológicas está dando paso a una visión mucho más pragmática y estratégica. Ya no basta con preguntar qué puede hacer la tecnología por nosotros; hoy la prioridad es entender cómo estas innovaciones pueden operar de forma autónoma y segura en un mundo donde el control de los datos es la moneda de cambio más valiosa, esta tendencia se refleja con claridad en el reciente estudio EY Reimagining Industry Futures 2026.
Estamos presenciando el auge de la IA agéntica, una evolución que trasciende la simple generación de contenido para centrarse en la ejecución. Mientras que la IA generativa sigue siendo la principal prioridad para casi la mitad de las organizaciones, el valor real está migrando hacia sistemas capaces de actuar como agentes autónomos. De hecho, un tercio de las empresas invierte en IA agéntica, buscando orquestar tareas complejas sin necesidad de supervisión constante.
Imaginemos la gestión de una cadena de suministro global: ante una interrupción logística inesperada, una IA de este tipo tiene la facultad de informar del problema, evaluar alternativas en tiempo real, renegociar con proveedores y ejecutar nuevas órdenes de compra de manera proactiva. Esta capacidad de respuesta es vital si consideramos que el valor real de estas herramientas reside en su facultad para cerrar brechas operativas y permitir que el talento humano se enfoque en decisiones de alto nivel, especialmente cuando las organizaciones enfrentan dificultades por la falta de habilidades técnicas especializadas.
Sin embargo, esta autonomía operativa no puede consolidarse sin un marco de confianza robusto. Es aquí donde la soberanía digital se posiciona como el complemento indispensable de la inteligencia artificial. La necesidad de mejorar la ciberseguridad y el control de la información es hoy el motor fundamental para el 65% de las empresas que están migrando hacia soluciones de nube soberana. Para la alta dirección, garantizar que sus activos digitales residen bajo su jurisdicción va más allá de un simple trámite regulatorio; es una estrategia integral para ganar la confianza del cliente y fortalecer la resiliencia de la compañía frente a un entorno incierto.
A pesar de este avance, el éxito de la transformación depende de la sofisticación de las herramientas y de la capacidad de integrarlas con una visión de negocio clara. Existe una advertencia importante sobre la necesidad de evolucionar en los modelos de relación comercial: el 43% de los líderes empresariales demanda que sus socios tecnológicos profundicen en la comprensión de sus prioridades comerciales antes de ofrecer soluciones técnicas. Hay una necesidad imperativa de que la tecnología hable el lenguaje de los resultados y no solo el de la innovación.
Esta transformación requiere que la función tecnológica se integre plenamente en la mesa de decisión estratégica. El cumplimiento técnico y la eficiencia operativa deben estar respaldados por una arquitectura de datos soberana que permita a la empresa defender sus posiciones y escalar sus capacidades con total transparencia. Cuando la alta dirección se involucra activamente en estas definiciones, la tecnología deja de ser un centro de costo para convertirse en un motor de generación de valor.
En este contexto, el equilibrio entre la audacia de la IA agéntica y la prudencia de la soberanía digital ha dejado de ser una decisión meramente técnica para consolidarse como una palanca estratégica de competitividad. Aquellas organizaciones que logren armonizar estas fuerzas optimizarán sus procesos y construirán un ecosistema de confianza y autonomía capaz de navegar las exigencias de la economía del futuro.
La capacidad de convertir la innovación en resiliencia es, en última instancia, la conversación que debe ocurrir al más alto nivel de cada compañía.
–Luis Meza, Socio Líder de Consultoría en Tecnología, EY Latinoamérica
