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Las decisiones de infraestructura que están marcando el 2026

Durante la última década, el cloud computing se ha convertido en la respuesta por defecto a casi cualquier cuestión relacionada con infraestructura IT. La promesa de rapidez, flexibilidad y una forma de eliminar complejidad operativa, hizo que muchas organizaciones adoptaran estrategias cloud-first con urgencia. En ese proceso, la infraestructura tradicional on-premises quedó a menudo relegada a un segundo plano.

En 2025, el 98% de las empresas en todo el mundo utilizaron servicios cloud en alguna medida, lo que demuestra hasta qué punto se ha integrado en los entornos IT corporativos. La narrativa era abstraer el hardware, reducir la carga operativa y dejar en manos de terceros la complejidad del procesamiento y el almacenamiento.

Gran parte de mi trabajo consiste en colaborar con organizaciones que gestionan infraestructuras distribuidas en tiendas retail, plantas de fabricación, centros sanitarios y oficinas remotas. Lo que veo ahora en estos entornos no es un rechazo a la nube, sino una conversación mucho más estratégica sobre dónde la nube funciona bien y dónde no.

La adopción de la nube avanzó más rápido que su realidad operativa

A finales del año pasado, una caída generalizada de uno de los mayores proveedores de servicios cloud del mundo nos recordó de golpe que la resiliencia no se puede dar por sentada. El problema, originado en una región central de su infraestructura, dejó a miles de empresas y millones de sus usuarios sin poder acceder a servicios críticos, creando un momento en que Internet parecía apagarse para muchas organizaciones. En México, algunas de las organizaciones que sufrieron este golpe fueron Totalplay, así como servicios de Mercado Libre, BBVA, Amazon México, SAT, HSBC y Banamex, entre otros.

Las plataformas que dependían de ese sistema, que incluían aplicaciones ampliamente utilizadas y servicios financieros, sintieron el golpe. No se trató de un impacto limitado o aislado. Fue una sacudida que se extendió a través de industrias y regiones, dejando en evidencia hasta qué punto la economía digital moderna depende de un pequeño número de plataformas centralizadas.

Las interrupciones de servicio no son un escenario teórico. Estudios recientes muestran que, aunque la frecuencia global de las caídas ha disminuido en los últimos años, las interrupciones graves siguen afectando a las operaciones y generando costos significativos para las organizaciones. En el 2025 Annual Outage Analysis de Uptime Institute, más de la mitad de los encuestados afirmó que su última interrupción importante supuso pérdidas superiores a los 100.000 dólares, y un número significativo registró pérdidas de más de un millón.

Incluso cuando los proveedores anuncian niveles de disponibilidad superiores al 99,95%, pequeñas interrupciones pueden traducirse en horas de productividad perdida, transacciones paralizadas, clientes frustrados y daños reputacionales que persisten mucho después de que los sistemas vuelvan a funcionar.

La resiliencia depende de la arquitectura

La resiliencia no se consigue con más de lo mismo. Apoyar todas las cargas críticas en un único proveedor o, como se hace a veces, repartirlas entre distintos proveedores que dependen de la misma infraestructura, redes o sistemas eléctricos no elimina el riesgo, y genera una falsa sensación de seguridad. La verdadera resiliencia depende de la diversidad arquitectónica, una visibilidad operativa clara y de la capacidad de seguir funcionando incluso cuando una parte de la cadena falla.

Algunas empresas están comenzando a reaccionar. Los modelos de infraestructura híbrida, que combinan la escalabilidad de la nube con infraestructura on-premises y edge computing, están ganando terreno. Actualmente, alrededor del 61% de las organizaciones empresariales utilizan entornos híbridos, combinando nube pública con infraestructuras privadas y locales para gestionar costos, riesgos y disponibilidad.

Cuando las diferentes capas de infraestructura se alinean con las prioridades de negocio, latencia, costos, cumplimiento normativo o disponibilidad, las organizaciones obtienen mucho más que flexibilidad técnica: consiguen previsibilidad operativa.

Las motivaciones para adoptar modelos híbridos no responden únicamente a la flexibilidad o la innovación, sino a una percepción realista del riesgo y a la necesidad de equilibrar prioridades contrapuestas. Mientras los entornos cloud destacan por su escalabilidad y elasticidad, la infraestructura local sobresale en previsibilidad, control y resiliencia.

La proximidad importa más que la escala

La verdadera cuestión a la que se enfrentan hoy los responsables de IT ya no es si deben utilizar la nube, sino dónde cada una de las infraestructuras disponibles aporta más valor. Muchas organizaciones están empezando a separar la propiedad de la infraestructura de la propiedad del negocio, entendiendo que distintas cargas de trabajo requieren enfoques distintos.

La nube sigue desempeñando un papel central. Continúa siendo indispensable para analítica a gran escala, entrenamiento masivo de modelos de machine learning y cargas de trabajo que requieren procesamiento centralizado. Pero pocas organizaciones pueden justificar por sí solas ese nivel de capacidad computacional.

Sin embargo, para aplicaciones que sostienen la operación diaria, requieren respuesta en tiempo real o no pueden tolerar interrupciones, la proximidad es fundamental y es donde las estrategias híbridas están demostrando su valor. Entrenar grandes modelos analíticos en la nube tiene sentido. Sin embargo, la inferencia y la toma de decisiones operativas se están acercando cada vez más al lugar mismo en que se generan los datos. Apoyar esas cargas localmente puede reducir la dependencia a una conectividad externa constante y mejorar el rendimiento cuando cada milisegundo cuenta.

La infraestructura híbrida requiere estrategia, no improvisación

La infraestructura híbrida no surge automáticamente. Muchas organizaciones fracasan cuando la abordan como una tendencia tecnológica en lugar de una decisión operativa. El primer paso es conocer claramente las cargas de trabajo, porque no todos los sistemas necesitan diversidad arquitectónica. Los equipos de trabajo deben identificar qué aplicaciones generan ingresos, controlan operaciones físicas o dependen de una capacidad de respuesta en tiempo real. Esas suelen ser las mejores candidatas para estrategias de resiliencia local.

La responsabilidad operativa es otro punto habitual de fricción. Los entornos híbridos aumentan la complejidad cuando la vigilancia y la responsabilidad están fragmentadas. Las empresas deben definir quién gestionará los recursos cloud, quién administrará los sistemas locales y cómo unificarán el monitoreo entre esos entornos.

También conviene revisar los costos. El modelo de precios cloud favorece la elasticidad, pero tiene un precio. Para cargas de trabajo estables y continuas, los modelos de coste a varios años suelen demostrar que ejecutarlas localmente resulta más económico.

Los modelos híbridos tampoco son ideales para todos los casos. Equipos pequeños sin experiencia en infraestructura o empresas con una huella física mínima pueden no beneficiarse tanto. Las transiciones más eficaces suelen ser incrementales: comenzar con una carga claramente definida, medir resultados y expandirse de forma progresiva.

La simplicidad como ventaja competitiva

Las implicaciones son prácticas, no teóricas. La economía cloud favorece cargas variables y experimentales. Pero para sistemas maduros y críticos para la operación, que funcionan de forma continua, el coste suele ser menor cuando la infraestructura está correctamente dimensionada y situada cerca del lugar donde se generan los datos.

Como resultado, la simplicidad se está convirtiendo en una ventaja competitiva. Las infraestructuras diseñadas para aportar claridad y previsibilidad son más fáciles de gestionar bajo presión. La complejidad puede parecer sofisticada, pero a menudo introduce fragilidad. Los sistemas bien diseñados fallan por razones comprensibles y se recuperan más rápido cuando eso ocurre.

-Oscar Ponce, gerente de territorio para Latinoamérica de StorMagic

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