En tiempos de auge nacionalista, la pregunta sobre la soberanÃa digital es inevitable: ¿dónde quedan realmente nuestros datos en Internet y quién los controla? La respuesta no es alentadora. No somos plenamente soberanos y la infraestructura que sostiene la red —centros de datos, chips y nubes— se ha convertido en campo de disputa económico-polÃtica. Es un asunto estratégico para cualquier nación que busque proteger su autonomÃa en la era digital.
Un estudio reciente analizó 775 centros de datos fuera de Estados Unidos y descubrió que casi la mitad de las inversiones pertenecen a empresas estadounidenses. Esto significa que, aunque un paÃs hospede servidores en su territorio, la propiedad y el control permanecen en manos extranjeras. La paradoja es clara: los datos residen localmente, pero la soberanÃa sobre ellos se diluye en la lógica global. La Unión Europea intenta responder con iniciativas de “soberanÃa en la nubeâ€, mientras Estonia ha desarrollado su sistema X-Road, que asegura la interoperabilidad y el control gubernamental de la información. Estos ejemplos demuestran que la soberanÃa digital no es un concepto, sino una práctica común.
El segundo frente de esta disputa está en los chips. La compra de acciones de Intel por parte del gobierno estadounidense demuestra que los semiconductores ya son un asunto de seguridad nacional. Lo que está en juego no son solo procesadores más rápidos, sino cadenas de suministro crÃticas que alimentan desde teléfonos hasta sistemas de inteligencia artificial y defensa militar. China e India fortalecen sus plataformas nacionales para reducir dependencia, mientras Estados Unidos apuesta por una polÃtica industrial agresiva con el fin de asegurar su liderazgo. La competencia tecnológica es competencia por soberanÃa.
El tercer nivel del debate es la gobernanza digital. Europa apuesta por estándares comunes y marcos regulatorios compartidos. China e India privilegian el control estatal y plataformas propias. Estados Unidos está convencido de que quién controle los chips controlará también el futuro digital.
En este contexto aparecen los hiperescaladores —Amazon, Microsoft, Google— que promueven la llamada “nube soberanaâ€. Este modelo ofrece alojar datos en infraestructuras locales y sujetarlas a regulaciones nacionales, sin sacrificar innovación global. Sobre el papel parece la propuesta más práctica pero ¿puede una nube gestionada por corporaciones extranjeras garantizar soberanÃa de un paÃs?
La agenda sobre soberanÃa digital plantea múltiples desafÃos: acceso transfronterizo, evaluación de riesgos, clasificación de funciones crÃticas y creación de espacios de datos confiables. Una salida posible serÃa avanzar hacia una soberanÃa digital verificable, que combine contratos claros con estándares definidos por los gobiernos y esté respaldada por nubes con lÃmites nacionales precisos. Este modelo requiere inversión pública considerable. Hospedar datos nacionales no es barato y no sabemos si los Estados están dispuestos a financiarlo de manera sostenida.
Además muchos ciudadanos seguiremos usando servicios extranjeros —plataformas de streaming, redes sociales o entretenimiento en lÃnea— y que esa dimensión global de los datos difÃcilmente desaparecerá. Lo que sà puede y debe ocurrir es proteger la información estratégica y gubernamental en infraestructuras nacionales seguras. No se trata de prohibir lo externo, sino de blindar lo sustantivo y garantizar que lo esencial permanezca bajo control local.
La soberanÃa digital no se alcanzará con un modelo único. Es una combinación de inversión, controlar la producción de chips y la construcción de nubes soberanas; los paÃses deberán decidir cuánto invertir para que sus datos no dependan de otros. La independencia digital costará caro, pero ignorar el problema podrÃa salir aún más caro y peligroso.
El autor de la columna Tecnogobâ€, Rodrigo Sandoval Almazán, es Profesor de Tiempo Completo SNI Nivel 2 de la Universidad Autónoma del Estado de México. Lo puede contactar en tecnogob@pm.me y en la cuenta de Threads @horus72.
